Las mentiras que nos contamos mientras escribimos un libro
Lo que la mente nos hace creer frente a la página en blanco y cómo seguir escribiendo
Escribir una novela es un proceso alucinante, pero también es una trampa constante para el autoengaño. Pasar meses (o años) a solas con una pantalla en blanco hace que la cabeza nos juegue pasadas finísimas. Para no tirar la toalla, para no comernos el miedo a no estar a la altura o simplemente para justificar que llevamos tres semanas atascados en la misma escena, los autores nos convertimos en auténticos maestros de la mentira antes incluso de tener el libro terminado. Nos montamos nuestras propias películas.
El problema es que todas esas excusas piadosas que nos sirven para calmar la ansiedad del momento terminan convirtiéndose en un lastre enorme. Si no las cazas al vuelo, son las culpables directas de que los manuscritos se queden a la mitad criando polvo en una carpeta, o de que acabes dándole el punto final a un borrador que no le hace ni la mitad de justicia a la idea tan buena que tenías en la cabeza meses atrás.
«Ya arreglaré esto cuando me ponga a corregir»
Esta es, de lejos, la mentira más golosa y la más destructiva. Estás escribiendo una escena con todo el viro, la historia parece que rueda sola y, de repente, te das cuenta de un detalle: la decisión que acaba de tomar tu protagonista no hay por dónde cogerla, porque va totalmente en contra de lo que hizo hace dos capítulos. O peor aún, te percatas de que para que la escena del capítulo diez tenga sentido, tendrías que haber presentado un objeto clave en el capítulo tres.
En lugar de frenar en seco, tomar aire y arreglar el fallo en el origen, te tecleas una sonrisa complaciente y te dices: «Bueno, da igual, yo sigo escribiendo para no romper el ritmo y ya le meteré mano cuando toque la revisión».
Te estás metiendo en una trampa trampa gorda. Un agujero de guión no es una errata ni una falta de ortografía que se limpia con una pasada rápida al final. Es una grieta en los cimientos. Si sigues levantando pisos encima de una base que está coja, todo lo que escribas a partir de ese minuto va a estar viciado por ese error. Y cuando por fin te sientas a revisar meses después, te encuentras con la tostada: para arreglar esa tontería del capítulo diez tienes que rehacer doscientas páginas enteras porque todo lo que venía detrás dependía de esa mentira.
«Tengo que documentarme un poco más antes de ponerme con esta escena»
Esta trampa es sutilísima porque viene con piel de cordero, disfrazada de rigor y trabajo serio. Te convences a ti mismo de que no puedes ponerte a redactar la conversación entre los dos diplomáticos porque todavía no sabes con exactitud qué tipo de vino se servía en las cenas de la alta burguesía bilbaína de 1920. Y ahí empieza el atracón: te tiras tres horas saltando de hilo en hilo en internet, consultando mapas antiguos, buscando archivos digitales y leyendo artículos académicos sobre la historia del viñedo en el norte de España.
A la hora de cenar apagas el ordenador con la espalda molida y la sensación de haber trabajado como un animal. Te sientes cansado, satisfecho y muy profesional. Pero si eres honesto contigo mismo, la realidad es amarga: no has escrito ni una sola línea de tu historia. La documentación infinita es la cueva favorita para esconderse cuando nos da pereza o miedo escribir. Nos da la falsa seguridad de estar avanzando en el libro mientras nos protege del verdadero pánico: sentarnos a redactar la escena y descubrir que no nos sale tan bien ni tan fluida como la teníamos pensada. Buscar datos es fundamental, claro que sí, pero si usas la investigación como escudo para no teclear ficción, te estás engañando.
«A la gente no le va a importar este fallo porque lo potente es el mensaje»
Esta excusa suele asomar la patita cuando el cansancio ya aprieta. Llevas dos horas peleándote con un diálogo que suena ortopédico, como si en vez de personas estuvieran hablando dos autómatas, o con una transición de escena que se siente forzada a más no poder. Como estás hasta las narices de darle vueltas y quieres dar el día por finiquitado, cierras el párrafo de mala gana y te consuelas pensando que quien lea el libro va a estar tan atrapado por la gran reflexión de tu historia que ni se va a fijar en que la escena suena a puerta oxidada.
La realidad es que el lector no está dentro de tu cabeza ni conoce tus intenciones; lee únicamente las palabras que has dejado negro sobre blanco. Si un diálogo chirría, la magia se rompe al instante. Si la reacción de un personaje no se entiende, la persona que lee se sale de la historia de golpe y cuesta la misma vida volver a meterse. Y es que pensar que la «profundidad» de tu idea va a tapar una ejecución hecha con desgana es la vía rápida para distanciarte de tus lectores. Las grandes historias no viven en los discursos filosóficos que tiene el autor en la mente, sino en esos pequeños detalles.
«Necesito tener la tarde tranquila y estar inspirado para ponerme a escribir»
A todos nos encanta la imagen romantizada del escritor que solo trabaja cuando le baja la musa a visitar, en una buhardilla, con una taza de café humeante, lloviendo fuera y sin una sola preocupación en la agenda. Nos decimos que si hoy hemos tenido un día de perros en el trabajo, si hay ruido en casa o si tenemos la cabeza espesa, es mejor no tocar el manuscrito para «no estropear el texto». Pero la realidad es que si te quedas sentado esperando a que la vida te regale las condiciones ideales para escribir, vas a terminar un libro cada quince años.
Las novelas no las acaban los autores que esperan a que se alineen los astros; las terminan los que aprenden a arañarle veinte minutos al día al caos diario, los que escriben cansados, los que se obligan a teclear aunque la cabeza les pida tumbarse en el sofá a mirar el móvil. El borrador desastroso que escribes un martes malo se puede corregir y pulir más adelante; la página que dejaste en blanco esperando el momento perfecto no existe ni va a existir nunca.
Y podría seguir poniendo ejemplos hasta reventar el artículo, para qué nos vamos a engañar. Pero todo lo que te digas desemboca en el mismo lugar. Porque aprender el oficio de escribir consiste, en gran medida, en aprender a pillarte en el acto cuando te estás contando una milonga. No pasa nada por caer en estas trampas de vez en cuando; nos pasa a todos, desde al que está intentando acabar su primer relato hasta al que lleva diez novelas publicadas a sus espaldas.
La diferencia está en la capacidad de frenar, mirarte al espejo, reírte de la excusa absurda que te acabas de inventar para esquivar el trabajo duro y volver a poner los dedos en el teclado. Al final, la única forma de sacarte una historia de verdad del pecho es tratarte con honestidad, aceptar que habrá días donde la prosa dé pena y otros donde salgan chispas, y recordar que la única distancia real entre alguien que quiere escribir un libro y alguien que lo termina es que el segundo no se creyó sus propias mentiras.
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