El gran problema de la novela romántica actual
Cuando las etiquetas de moda y los malentendidos absurdos sustituyen a las verdaderas historias de amor
Si te das una vuelta por cualquier librería, te asomas a los escaparates de novedades o pasas cinco minutos mirando las recomendaciones de literatura en redes sociales, salta a la vista que el género romántico está viviendo una época dorada imparable. Se vende como churros, mueve a una comunidad de lectores volcada y apasionada como pocas, y por fin ha conseguido liberarse de ese sambenito absurdo y condescendiente que lo relegaba a literatura de segunda fila.
Sin embargo, si lees romántica de forma habitual y con cierto ojo crítico, es muy probable que últimamente te hayas encontrado cerrando más de un libro con una sensación agridulce en el cuerpo. El libro entretiene, desde luego, y los protagonistas tienen algún momento simpático o alguna escena con chispa. Pero hay algo en el fondo que no te termina de encajar.
El motivo es que en muchas de las historias que están copando las listas de ventas se está cometiendo un error de bulto: se confunden los tropos con la historia en sí, y se han sustituido los conflictos emocionales profundos y complejos por malentendidos de parvulario que cualquier par de adultos solucionaría en dos minutos con un café de por medio. Y entender dónde se produce este bache es fundamental. Lo es para el lector que busca libros que le muevan por dentro y no solo le hagan pasar el rato, pero lo es todavía más si estás al otro lado escribiendo, para evitar que tu borrador termine convirtiéndose en un producto de consumo rápido del que nadie se acuerde el mes que viene.
Cuando la etiqueta manda más que la propia historia
El marketing editorial moderno ha dado con una tecla comercial brutal: empaquetar y vender libros a base de etiquetas (enemies to lovers, fake dating, grumpy x sunshine, forced proximity). A priori no hay nada malo en ello. Los arquetipos y las dinámicas de atracción han existido toda la vida porque funcionan a nivel psicológico desde que el mundo es mundo.
El problema gordo empieza cuando el autor se sienta a escribir con la lista de la compra en la mano en lugar de dejar que la historia respire por sí misma.
Cuando una novela se concibe para encajar a presión en la etiqueta de moda, los personajes dejan de sentirse como personas vivas y pasan a actuar como marionetas al servicio de un esquema. Ya no se mueven por sus contradicciones, por sus heridas del pasado o por la forma particular que tienen de habitar el mundo. Se mueven porque en el capítulo doce toca cumplir con el cliché de turno que la tendencia exige para que los lectores puedan subrayar la frase y subir la foto a internet.
Al final, la tensión entre los protagonistas se siente totalmente artificial. Sabes exactamente qué va a pasar, cómo va a ocurrir y en qué página van a dar el paso, pero no porque la pareja esté evolucionando de forma natural o creíble, sino porque estás viendo las costuras de un guión calculadísimo. Y cuando la superficie importa más que el viaje interior de las personas que pueblan la página, el libro te puede entretener una tarde de domingo, sí, pero a la semana siguiente serás incapaz de recordar el nombre de los protagonistas.
La muleta de la falta de comunicación como conflicto barato
El otro gran tropezón de buena parte de la romántica actual llega a la hora de encarar el último tercio de la novela, el momento donde la pareja debe separarse antes del desenlace. Para que una historia de amor mantenga enganchado a alguien a lo largo de trescientas o cuatrocientas páginas, hace falta un obstáculo real. Algo de peso que ponga a los personajes entre la espada y la pared, los obligue a mirar de frente sus propios miedos y los transforme de verdad.
Sin embargo, lo que te encuentras una y otra vez en las publicaciones recientes es que el gran cataclismo del libro se sostiene sobre una tontería monumental. El conflicto estalla porque uno de los dos oyó una frase suelta detrás de una puerta, sacó las cosas de quicio y se fue corriendo sin pedir explicaciones; o porque los dos se niegan a decirse una verdad evidente simplemente porque el libro necesita estirar la tensión cuatro capítulos más antes del final.
Ese recurso es terriblemente frustrante para quien está leyendo. En lugar de empatizar con el sufrimiento de los personajes, sientes una rabia tremenda porque sabes que el problema no existe: es una cortina de humo creada con calzador. Si la gran crisis de la novela se resuelve en el último capítulo simplemente porque dos personas al fin se sientan a hablar cinco minutos como gente madura, la sensación que se te queda es que te han estado mareando la perdiz y haciéndote perder el tiempo durante cien páginas.
Devolverle la verdad, la carne y el matiz a las historias
Si estás escribiendo romántica y quieres que tu manuscrito destaque entre la marea de novedades clónicas, la solución no pasa por renegar de los tropos ni por intentar inventar la rueda. La clave está en dotar a esos esquemas de verdad humana y psicológica. Nadie se enamora de una lista de etiquetas impresas en la faja de un libro; nos enamoramos de las grietas, de los fallos, de la voz y de la vulnerabilidad de la gente.
El obstáculo que separa a dos personas tiene que nacer desde dentro hacia afuera. Las mejores historias de amor son aquellas donde lo que frena el acercamiento son las prioridades contrapuestas de vida, las mochilas emocionales pesadas o el miedo real y justificado a volver a salir herido. Cuando el impedimento no es un malentendido tonto, sino el pánico a confiar en alguien o la dificultad de encajar dos proyectos personales que parecen incompatibles, el camino para estar juntos cuesta sangre, sudor y renuncias. Y por eso mismo, cuando por fin ocurre, la recompensa emocional para el lector es gigante.
Una gran novela romántica no es la que acumula más ingredientes virales por capítulo, sino la que consigue que te duela la distancia y te alegres de verdad con los avances de dos seres humanos que se sienten reales en la página. En el momento en que te olvidas de lo que pide el algoritmo del momento y te concentras en contar con honestidad cómo se conectan dos personas, tu historia deja de ser un producto empaquetado de usar y tirar para convertirse en un libro de los que se quedan a vivir contigo mucho tiempo después de haberlo cerrado.
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