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Cairo Esfer

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Errores policiales y forenses comunes en la ficción criminal

Foto de escena forense y policial

Errores forenses y policiales comunes en la ficción criminal Lo que de verdad ocurre en una escena del crimen cuando la ciencia, la física y los protocolos reales entran en juego. Si tienes la costumbre de leer novela negra o ver series de policías por las noches, seguro que te has cruzado con esta escena un millón de veces: el detective llega al piso donde han encontrado el cadáver, hay precinto policial en la puerta, luces parpadeando abajo en la calle y un ambiente denso. El tipo se enciende un cigarrillo, camina entre los charcos de sangre, mete la mano en el bolsillo del muerto para sacarle la cartera y le pregunta al forense con cara de interesante: «¿A qué hora lo mataron?». El médico se quita los guantes con parsimonia, mira el cuerpo tres segundos y suelta tan ancho: «Entre las tres y diez y las tres y cuarto de la madrugada».   En ese momento, si sabes un mínimo de cómo funciona una investigación criminal de verdad, te dan ganas de cerrar el libro y ponerte a otra cosa. Aunque tampoco nos vamos a engañar: la ficción necesita dinamismo. A nadie le apetece leerse tres capítulos enteros con un agente rellenando impresos en una oficina sin aire acondicionado o esperando seis meses a que un laboratorio estatal le mande un análisis de sangre. Pero una cosa es acelerar los tiempos para que la historia no se vuelva un tostón y otra muy distinta es colar disparates que dejan en evidencia que quien escribe no ha pisado una comisaría ni para renovarse el DNI.   Cuando reviso borradores de este tipo o a hablar con gente que está escribiendo su primera novela policial, veo que casi todos caemos en el mismo pozo. Hemos mamado tanta televisión y tanto best seller escrito a toda prisa que damos por buenas licencias que, en el mundo real, harían que al inspector de turno le cayera un expediente disciplinario antes de la hora del almuerzo. Los muertos no llevan dentro un reloj suizo El fallo de la hora de la muerte es, con diferencia, el rey de los clichés. Nos hemos creído que determinar el intervalo postmortem es una ciencia exacta. El médico llega a la escena del crimen, le clava un termómetro al cuerpo, le toca la mandíbula para ver si está duro y te da un margen de quince minutos. Sentencia firme, y a seguir con otra cosa.   Pero la realidad es bastante distinta. Saber cuándo murió alguien es un rompecabezas donde casi todas las piezas se mueven. La rigidez, las manchas de la sangre al posarse por gravedad y la temperatura corporal dependen de un puñado de variables que no tienen nada de matemáticas.  Si la víctima llevaba un abrigo gordo o estaba desnuda, si la habitación tenía la calefacción al tres o al seis, si el cuerpo quedó sobre baldosas heladas o sobre una alfombra, o si la persona tenía fiebre antes de morir… todo eso lo cambia todo. Un forense de verdad jamás te va a dar una hora exacta a menos que el reloj del muerto se haya parado de un golpe seco al caer (y ni con esas). Te dará un rango estimado (muchas veces de tres o cuatro horas) y siempre a la espera de lo que diga la autopsia en la mesa de operaciones. Ni tan rápido ni tan fácil: lo que nadie te cuenta sobre las pruebas de ADN Desde que las pruebas genéticas se pusieron de moda, la literatura se ha vuelto adicta a usar el ADN como la varita mágica que resuelve cualquier lío en tres páginas. Pero nada más lejos de la realidad. De hecho, lo primero que falla casi siempre es el tiempo. En las novelas ágiles, el policía pasa un bastoncillo por una taza de café, lo manda al laboratorio y a la mañana siguiente le llega un mensaje al móvil con la foto, el nombre, los apellidos y la dirección del asesino. En el mundo real, salvo que sea un atentado o un caso de extrema seguridad nacional donde pongan a todo el personal a trabajar a marchas forzadas, conseguir un perfil genético y cruzarlo con las bases de datos tarda semanas. Y a veces meses.   Y lo segundo es la lógica de la prueba. Que el ADN de alguien aparezca en el salón de la víctima solo demuestra que esa persona estuvo allí en algún momento. No demuestra que apretara el disparador, ni cuándo lo hizo, ni por qué. Si el sospechoso es el fontanero que estuvo arreglando una tubería el martes, su rastro va a estar por toda la casa aunque sea más bueno que el pan.   A esto hay que sumarle la trampa de la degradación, un detalle técnico que en la ficción se barre debajo de la alfombra con una alegría pasmosa. En las novelas da igual que la muestra sea un pelo encontrado en la moqueta de un coche abandonado al sol durante semanas o una mancha de sangre lavada con lejía en el lavabo de un bar: el laboratorio siempre saca un perfil limpísimo al primer intento. Pero en la vida real, el ADN es una molécula sorprendentemente delicada. El calor, la humedad, la luz solar directa, las bacterias y cualquier limpiador doméstico del supermercado pueden destrozar la cadena genética hasta dejarla inservible. Los especialistas pasan la mitad del tiempo bregando con muestras incompletas o mezcladas con el material de tres personas distintas, lo que muchas veces  deja al científico con una migraña enorme y sin nada sólido que llevarle al juez.   Para colmo, la ficción ha creado el mito de que existe una base de datos todopoderosa donde está fichado hasta el apuntador. Muchos autores asumen que meter una muestra en el sistema es como buscar a un antiguo compañero de colegio en redes sociales: le das a enter y salta la ficha de un tipo que nunca ha roto un plato. La realidad es que