Corrección ortotipográfica o de estilo: ¿cuál necesitas?

Corrección ortotipográfica o de estilo: cuál necesita tu libro Las diferencias que debes conocer antes de contratar a un profesional para tu borrador Si acabas de terminar de escribir un libro o estás ultimando un texto importante, lo normal es que hayas empezado a pedir presupuestos o a buscar información por internet para ver cómo preparar el manuscrito antes de publicarlo. Y es justo ahí donde la mayoría de los autores se dan el primer cabezazo: la famosa duda entre corrección ortotipográfica y corrección de estilo. A simple vista da la sensación de que son dos formas distintas de llamar a lo mismo, o que con contratar una de las dos ya vas servido para mandar el archivo a la imprenta. Pero confundir estas dos fases o saltarte una de ellas es uno de los tropiezos más típicos cuando empiezas, y suele ser la razón principal de que una historia buenísima termine en manos del lector con un acabado que suena rudo o aficionado. Por eso, entender bien qué se toca en cada etapa no solo te evita sustos al ver la factura o al recibir el documento de vuelta, sino que te ayuda a saber qué necesita tu texto en el momento exacto en el que estás. La corrección de estilo (hacer que la música del texto funcione) La corrección de estilo es el primer paso que se da cuando el borrador ya está cerrado del todo en cuanto a trama y personajes. Aquí nadie viene a decirte qué tiene que pasar en el capítulo diez, sino a meterse en las tripas de la redacción para lograr que tu prosa fluya sin trompicones. El objetivo de esta fase es que el lector no tropiece mientras avanza por la página. El corrector de estilo trabaja como si fuera un filtro de impurezas: busca dónde la lectura se hace pesada, dónde una frase se enreda sobre sí misma o dónde estás repitiendo ideas sin darte cuenta, pero siempre respetando a muerte tu voz como autor. No se trata de cambiar tu forma de escribir para que suenes como otro, sino de hacer que tu forma de escribir se vea sin estorbos. En este proceso se trabaja la masa del texto. Por ejemplo, todos tenemos muletillas que se nos cuelan por inercia cuando redactamos. A lo mejor no te has dado cuenta de que usas la palabra entonces cuatro veces por página, o que metes la expresión de repente cada vez que quieres generar tensión. El corrector las detecta y las limpia. También se mete a fondo con el ritmo y la sintaxis. Si has escrito un párrafo de seis líneas seguido, lleno de comas y frases subordinadas que obligan a coger aire en mitad de la lectura, el corrector lo desbroza y reordena los elementos para que la frase tenga pegada. Además, vigila las incoherencias de tono: si un personaje habla como un catedrático en un capítulo y tres páginas después suelta un taco de barrio sin venir a cuento, te dejará una nota para advertirte de que ahí hay algo raro. Es decir, que por ejemplo si en tu texto pones algo como «Volvió a repetir de nuevo la misma frase con sus propios labios», el corrector de estilo meterá la tijera y lo dejará simplemente en «Repitió la frase». ¿Por qué? Porque volver a, de nuevo y misma están machacando la misma idea tres veces, y lo de con sus propios labios es una obviedad que no aporta nada. La corrección ortotipográfica (el control de calidad final) Una vez que el texto está pulido y da gusto leerlo, le toca el turno a la corrección ortotipográfica. Esta revisión es completamente técnica, casi como una inspección de calidad antes de que el producto salga al mercado. Si la corrección de estilo cuida la estética y la fuerza de lo que cuentas, la ortotipográfica se encarga de que todo cumpla a rajatabla las normas de la lengua y los estándares de maquetación editorial. En esta fase el profesional ya no te va a reordenar una frase porque le parezca que suena fea. Su trabajo es peinar el documento para cazar faltas de ortografía que se hayan escapado, solucionar errores de puntuación y aplicar las reglas tipográficas que casi ningún lector conoce, pero que todo el mundo nota cuando faltan. Aquí entran cosas muy minuciosas. Se revisan las concordancias, los acentos que a veces el autocorrector del ordenador cambia sin avisar y las típicas erratas mecánicas donde faltan letras o se han quedado dos palabras pegadas. También se mira la puntuación, eliminando por ejemplo las famosas comas criminales que la gente pone entre el sujeto y el verbo porque al hablar hace una pausa para respirar. Pero donde realmente se nota la mano de un ortotipógrafo es en la tipografía editorial. Cosas como cambiar las comillas inglesas rectangulares por las comillas latinas con forma de angular, arreglar los guiones de los diálogos para que sean rayas largas y no los guiones cortos de restar, o poner en cursiva cualquier palabra en otro idioma. También se ocupa de unificar criterios: si en un capítulo pones los números con letra y en otro los pones con cifras, esta corrección se encarga de que todo el libro mantenga la misma lógica de principio a fin. Entonces, si en tu manuscrito de Word escribes «—Hola- dijo Carlos, te echaba de menos», la corrección ortotipográfica lo transformará en «—Hola —dijo Carlos—, te echaba de menos.», poniendo las rayas de diálogo con sus espacios correctos y sustituyendo las comillas del teclado por las que exige la edición en español. ༺ DALE UNA OPORTUNIDAD A TU HISTORIA — CONOCE EL SERVICIO DE ESCRITURA FANTASMA ༻ Por qué necesitas tener clara la diferencia antes de contratar a nadie Saber exactamente en qué consiste cada trabajo te ahorra dos cosas fundamentales: perder dinero y llevarte una decepción enorme con el resultado. Si le mandas tu manuscrito a un corrector ortotipográfico esperando que te eche