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Cairo Esfer

CAIRO

Los mejores concursos literarios de España y Latinoamérica.

Escritora recibiendo un premio de un certamen literario

Los mejores concursos literarios de España y Latinoamérica Dónde enviar tu obra, qué convocatorias evitar y cómo superar la primera lectura Mandar una novela a una editorial a través del formulario de su web o a su correo genérico es, en el noventa por cien de los casos, lanzar un mensaje en una botella a un océano de spam. Nadie lo lee, el archivo se queda cogiendo polvo y a ti se te queda cara de póker esperando una respuesta que, en el fondo, sabes que  no va a llegar. Por eso los concursos literarios son el atajo preferido de muchos. No es que vayan a regalarte nada, pero al menos te aseguras de que una persona con criterio se va a sentar a leer lo que has escrito (y eso ya es bastante).   Ahora bien, hay que tener mucho ojo. El circuito de premios está lleno de humo. Hay certámenes sospechosos que solo buscan quedarse con los derechos de tu obra para no hacer nada con ella, concursos donde el ganador ya está decidido de antemano por amiguismo y pequeños premios locales que te exigen pagar por participar o te obligan a comprar cincuenta ejemplares de tu propio libro. Si vas a dedicarle tiempo y dinero a preparar un envío, conviene ir a por los premios que de verdad marcan un antes y un un después en tu carrera. Los premios literarios que te llevan a las librerías Si lo que buscas es que tu novela esté en la mesa de novedades de cualquier librería de barrio o gran superficie, hay tres o cuatro convocatorias a las que merece la pena seguirles la pista año tras año.   El Premio Alfaguara de Novela es, con diferencia, la joya de la corona si lo que buscas es una proyección comercial y mediática brutal a ambos lados del Atlántico. La dotación no es ninguna broma: 175.000 dólares estadounidenses (que al cambio suelen rondar los 160.000 euros), un importe que funciona como anticipo de derechos de autor y que te da un colchón financiero con el que muy pocos escritores pueden soñar al empezar.  Pero más allá del cheque, el verdadero monstruo de este premio es la maquinaria promocional del Grupo Penguin Random House. Al publicarse de forma simultánea en más de veinte países de habla hispana, el acuerdo incluye un mes entero de gira pagada cruzando aeropuertos en España y América Latina. Te sientan en los platós de televisión, en las tertulias de radio y en las portadas de los suplementos culturales más influyentes.   Eso sí, el filtro es despiadado: al jurado le llegan más de ochocientos o novecientos manuscritos por edición, y suelen buscar historias con una narrativa muy vivo, tramas sólidas y temas universales capaces de enganchar tanto a un lector de Madrid como a uno de Buenos Aires o Ciudad de México.   Si nos quedamos dentro de las fronteras españolas, el Premio Nadal, organizado por Ediciones Destino (del Grupo Planeta), juega en otra liga. Es el certamen de novela más antiguo de España, celebrado ininterrumpidamente desde 1944, y ganarlo te mete directamente en una nómina histórica donde figuran nombres como Carmen Laforet, Miguel Delibes o Ana María Matute. Su dotación económica es de 30.000 euros. Y aunque la cifra está lejos de los grandes premios comerciales de la casa Planeta, el verdadero valor del Nadal es el prestigio literario y la tracción que sigue teniendo entre los libreros de toda la vida.   Las librerías independientes y las grandes superficies le guardan siempre un espacio privilegiado en la mesa de novedades durante la campaña de Reyes, ya que el fallo se hace público tradicionalmente en la noche del 6 de enero en Barcelona. No buscan productos de consumo rápido; el Nadal suele premiar obras intimistas, con atmósferas impecables, una voz narrativa muy trabajada y un trasfondo humano que resuene con el lector a largo plazo.   Y si tu manuscrito se sale del molde habitual, el Premio Herralde de Novela es la Meca a la que hay que mirar. Convocado por Anagrama desde los años ochenta, este certamen pone sobre la mesa 25.000 euros de anticipo y la llave de entrada al catálogo amarillo más codiciado de nuestras letras: ese por el que han pasado nombres como Roberto Bolaño, Enrique Vila-Matas o Mariana Enríquez.   El Herralde no quiere historias básicas pensadas para gustar a todo el mundo, ni mucho menos. Aquí el jurado va a tumba abierta a por la audacia: busca voces con un sello inconfundible, autores que se la jueguen con la estructura o miradas que se atrevan a meter el dedo en la llaga de nuestras miserias cotidianas. Quizá ganar el Herralde no te convierta en un fenómeno de masas, pero te da algo mucho más difícil de conseguir: el respeto unánime de la crítica y una marca de calidad en el lomo de tu libro para toda la vida. ༺ DALE UNA OPORTUNIDAD A TU HISTORIA — CONOCE EL SERVICIO DE ESCRITURA FANTASMA ༻ El peso y la riqueza de los certámenes en Latinoamérica América Latina también tiene una tradición gigantesca de premios que van mucho más allá de la cifra que te ingresan en la cuenta. Son certámenes con un peso cultural enorme, de esos que te abren las puertas del circuito editorial de par en par y te ganan el respeto de la crítica independiente: esa que no se deja llevar solo por las campañas de marketing.   Uno de ellos es el Premio Sor Juana Inés de la Cruz, que se falla cada año en el marco de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Este concurso premia la mejor novela publicada escrita por una mujer en lengua española y se ha convertido en un auténtico sello de calidad. La cuantía roza los 14.000 dólares, pero lo que importa es el impacto. Solo hace falta echar un vistazo a la lista de autoras galardonadas en las últimas dos décadas para entender que este premio funciona como

¿Escribir todos los días te convierte en mejor escritor?

Escritor escribiendo en su cuaderno

¿Escribir todos los días te convierte en mejor escritor? La diferencia entre crear un hábito y acumular textos mediocres. Durante años nos han repetido hasta la saciedad la misma máxima sagrada del mundo literario: si quieres ser un escritor de verdad, tienes que sentarte a teclear todos los días sin falta. Da igual si estás cansado, recién operado, si has tenido un día de perros en el trabajo, si te ha dejado tu pareja o si sientes que no tienes absolutamente nada que decir. Hay que cumplir sin falta con la cuota diaria de palabras como quien ficha en la fábrica. Si no lo haces, estás fallando como autor.   Esta idea del hábito inquebrantable suena muy bien en la teoría, queda divina en las entrevistas de autores de éxito y encaja con la narrativa del esfuerzo y la disciplina. Pero si nos quitamos la venda del romanticismo y miramos lo que pasa dentro de la cabeza de quien escribe, la realidad es mucho menos idílica. Porque escribir a diario puede ser una herramienta estupenda para desengrasar la mano, pero no es la varita que te garantiza escribir una gran historia. Y, lo que es peor, mal entendida puede convertirse en la vía rápida hacia el bloqueo y la frustración. La productividad por encima de la calidad El principal problema de obsesionarse con la constancia diaria es que es facilísimo confundir cantidad con calidad. Nos centramos tanto en llegar al objetivo de las quinientas o mil palabras al día para poder tachar la casilla en el calendario que se nos olvida lo más importante: qué estamos contando y desde dónde lo estamos contando.   Cuando escribes simplemente por cumplir con la meta que te has impuesto, la mente tiende a buscar el camino de menor resistencia. Te pones a rellenar páginas con descripciones planas, diálogos estirados como un chicle o pasajes de transición que no aportan absolutamente nada a la historia, solo para sentir la satisfacción artificial de haber cumplido con el expediente.  Escribir todos los días te vuelve, indiscutiblemente, más rápido escribiendo. Eso no podemos negarlo. Te ayuda a perderle el miedo a la página en blanco, a automatizar el gesto de sentarte a redactar y a ganar agilidad mental. Pero redactar con fluidez no es lo mismo que escribir bien. Una novela no es una carrera de resistencia para ver quién llega antes al número de palabras que pide la editorial; es un ejercicio de ritmo, mirada y emoción. El peligro de olvidar que la vida está fuera de la pantalla Hay una frase clásica que se atribuye a muchísimos autores y que no puede ser más cierta: para escribir sobre la vida, primero hay que vivirla. Si tu rutina se reduce a levantarte, cumplir con tus obligaciones y encerrarte a calzar palabras en un borrador todas las noches por puro compromiso, tu reserva de ideas se va a terminar vaciando tarde o temprano.   El proceso creativo no empieza únicamente cuando estás tecleando. Ocurre mientras paseas por la calle fijándote en la forma de hablar de la gente, mientras escuchas una conversación a medias en la mesa de al lado en una cafetería, mientras lees un libro que te vuela la cabeza, cuando viajas a un sitio nuevo o, simplemente, cuando te permites el lujo de aburrirte y dejar que la mente vagabundee sin rumbo.   Descansar, observar y desconectar del manuscrito forma parte del trabajo tanto o más que redactar la escena del clímax. Si no le das espacio a tu cerebro para procesar lo que vives, lo que lees y lo que sientes, tus historias terminarán alimentándose únicamente de lo que ya escribiste ayer. El resultado suelen ser libros secos, autoreferenciales y desconectados de la realidad.   ༺ DALE UNA OPORTUNIDAD A TU HISTORIA — CONOCE EL SERVICIO DE ESCRITURA FANTASMA ༻ Encuentra el ritmo que le funciona a tu historia (y a tu vida) La verdadera maestría no está en forzarte a escribir todos los días, sino en aprender a escuchar tu propio ritmo y respetarlo. Hay autores que necesitan la rutina de una hora por la mañana porque les ayuda a mantener el hilo de la trama. Pero hay muchísimos otros que funcionan por atracones: pasan dos semanas madurando la historia en la cabeza, tomando notas desordenadas en la libreta o pensando en sus personajes mientras hacen la compra, y luego se sientan durante el fin de semana y escriben tres capítulos de tirón con un ritmo y una energía brutales.   Ambas formas de trabajar son perfectamente válidas. Lo importante es que el proceso juegue a tu favor y no en tu contra. Si imponerte la obligación de escribir a diario hace que te sientes a la mesa con culpa o ansiedad, el texto lo va a reflejar al instante. La prosa se densa, los personajes pierden la chispa y el acto de crear pasa de ser un disfrute a convertirse en una condena.   Escribir bien no consiste en acumular horas frente a la pantalla como si fueran quinielas, sino en tener algo que contar y saber cómo encontrar las palabras exactas para transmitirlo. No le tengas miedo a cerrar el documento durante tres o cuatro días para salir a dar un paseo, quedar con amigos o leer a otros autores. A veces, la mejor decisión que puedes tomar por tu libro es, precisamente, soltar el bolígrafo un rato para volver con ganas de comerte la página. El Scriptorium ¿Tienes una gran historia pero no el tiempo para escribirla? No hace falta que te enfrentes en soledad al folio en blanco para ver tu historia publicada. Puedo encargarme de la redacción de tu libro mientras tú mantienes el control absoluto del proyecto de principio a fin. ༺ CUÉNTAME TU IDEA ༻ skip render: ucaddon_post_carousel