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Cairo Esfer

CAIRO

Anatomía de Frankenstein: mucho más que un monstruo

Dibujo de Frankenstein

Anatomía de Frankenstein: mucho más que un monstruo Todo lo que el cine nos ocultó sobre la obra maestra de Mary Shelley Si le pides a cualquiera que pasa por la calle que se imagine a Frankenstein, lo más probable es que se le venga a la cabeza exactamente la misma postal de siempre: un tipo gigante con la piel verdosa, un par de tornillos clavados en el cuello, la frente plana como una mesa, andares torpes de zombi y una serie de gruñidos incomprensibles como único lenguaje. Es el icono del terror que el cine de Hollywood empezó a vendernos en los años treinta y que ha quedado petrificado en la cultura popular a base de disfraces de Halloween, cómics y parodias.   Pero la realidad es que esa criatura torpe y desalmada no tiene prácticamente nada que ver con lo que una jovencísima Mary Shelley dejó por escrito en su novela original allá por 1818.   Cuando te acercas a las páginas del libro sin los prejuicios ni los filtros que nos ha metido la televisión en la cabeza, te das cuenta de que Frankenstein o el moderno Prometeo no es, ni de lejos, una simple historia de miedo sobre un monstruo feo que persigue a gente aterrorizada con antorchas por la montaña. Es algo muchísimo más profundo, incómodo y trágico.   Es un espejo helado sobre los peligros de la ambición desmedida, la soledad más absoluta, la responsabilidad moral de crear vida y la crueldad sistemática con la que la sociedad aparta y destruye todo aquello que no entiende o que le parece feo a la vista. Por eso, desmontar el mito comercial para entender la anatomía real de esta obra es el mejor camino para descubrir por qué, más de doscientos años después de su publicación, nos sigue tocando la fibra sensible exactamente en las mismas heridas. La cobardía de Víctor al huir de su propia obra El primer gran error del imaginario colectivo (y uno de los más extendidos del mundo) es llamar Frankenstein al monstruo. Víctor Frankenstein es, en realidad, el científico. Y si hay un personaje verdaderamente cuestionable, obsesivo y difícil de defender en toda esta historia, es él.   Víctor no es el sabio chiflado y maduro que se ríe como un loco entre rayos en lo alto de un castillo medieval mientras grita eso de «¡está vivo!». Es un estudiante de medicina joven, brillante pero cegado por un ego descomunal, que se encierra durante meses en su cuarto aislándose de su familia y de sus amigos para desafiar los límites de la naturaleza, vencer a la muerte y conseguir que el mundo entero recuerde su nombre. El verdadero drama de la novela no empieza cuando los cables hacen contacto y la criatura abre los ojos, sino justo un segundo después. En el preciso instante en que la masa de carne y huesos cobra vida y lo mira con una mezcla de curiosidad y compasión, Víctor no siente el triunfo del creador ni la satisfacción del trabajo bien hecho. Lo que siente es un asco visceral y un terror paralizantes al ver el resultado real de su experimento.   En lugar de asumir la responsabilidad de lo que acaba de traer al mundo (que no deja de ser un ser recién nacido, vulnerable y confundido, aunque esté atrapado en el cuerpo de un gigante grotesco), Víctor recoge sus cosas, cierra la puerta con llave y huye a la carrera. Lo deja completamente solo, sin nombre, sin guía y sin abrigo en mitad de un mundo helado y hostil.   Ahí es donde Shelley clava el bisturí de forma magistral: la verdadera monstruosidad de la historia no nace de la electricidad ni de la carne muerta resucitada, sino del abandono. Víctor actúa como un padre cobarde que abandona a su hijo en el minuto uno de vida simplemente porque el bebé no ha salido tan guapo ni tan perfecto como se lo había diseñado en la cabeza.   Un filósofo autodidacta atrapado en un cuerpo de pesadilla Algo que descuadra por completo a cualquier persona que lee la novela por primera vez es encontrarse con la voz de la criatura. Olvídate de los pasos pesados, la torpeza mental y la incapacidad para articular palabra. El ser creado por Frankenstein resulta tener una inteligencia superior, una sensibilidad a flor de piel y una capacidad de observación alucinante.   Aislado del mundo y escondido en la rendija de una choza miserable, la criatura aprende a hablar escuchando en secreto las conversaciones de una familia de campesinos. Aprende a leer devorando por su cuenta clásicos de la literatura universal como El paraíso perdido de Milton, Las penas del joven Werther de Goethe o las Vidas paralelas de Plutarco. En cuestión de meses, desarrolla una elocuencia, una capacidad de razonamiento y una sutileza para expresar el dolor que ya querrían para sí la mayoría de los personajes cultos de la novela.   Lo más trágico de todo es que la criatura no nace siendo un asesino. En sus primeros pasos por el mundo, su inclinación natural es la bondad. Intenta ayudar a los campesinos cortándoles leña a escondidas durante la noche, busca desesperadamente hacer el bien y sueña con la posibilidad de que alguien le dedique una palabra amable o una sonrisa. Sin embargo, cada vez que intenta mostrarse o tender una mano, la respuesta de los humanos es siempre la misma: gritos de horror, palos, pedradas y disparos. La gente no se detiene a escuchar lo que tiene que decir ni a mirar su corazón; solo ven su tamaño desproporcionado y su rostro imperfecto.   Hay un momento clave en el libro en el que la propia criatura se encarama frente a su creador y le espeta una frase que resume a la perfección toda la psicología del personaje: «Yo era bueno y cariñoso; la miseria me ha convertido en un demonio». La ola de violencia y venganza que desata más adelante no nace de