Lo que 1984 nos enseña sobre la construcción de mundos
Por qué la distopía de George Orwell sigue siendo el referente absoluto
Si escribes, lees ciencia ficción o simplemente te gusta la buena literatura, seguro que has tenido 1984 entre las manos. O al menos sientes que te lo sabes de memoria. Nos han repetido hasta la saciedad lo del Gran Hermano, las cámaras que no se apagan nunca, la Neolengua y esa sensación de ahogo donde pensar diferente te cuesta la vida. La idea ha calado tanto que hoy en día cualquier jugada rara de un gobierno o cualquier política de privacidad en internet nos saca el «orwelliano» de la boca casi sin pensar.
Pero cuando destripo el libro por dentro, veo algo que suele pasársele a casi todo el mundo. La mayoría de los autores novatos leen 1984 buscando una lección sobre política o dictaduras, cuando en verdad es una lección magistral de artesanía pura sobre cómo levantar un mundo desde cero sin aburrir a las ovejas.
En la literatura existe la manía de pensar que construir un escenario es algo reservado para la fantasía o la ciencia ficción. Nos imaginamos mapas desplegables con nombres raros, árboles genealógicos de familias reales, sistemas de magia supercomplejos o glosarios eternos al final del libro. Nos obsesiona la escala, la geografía y que todo sea gigantesco. Orwell hizo justo lo contrario. Y creó uno de los universos más incómodos, reales y memorables que se han escrito jamás.
La Londres gris de ese superestado llamado Oceanía no se te queda grabada por la cantidad de datos geográficos que te dan. Se te queda grabada porque cada baldosín roto del portal, cada lata de ginebra peleona y cada bombilla sin fuerza están pensados para hacerte sentir exactamente la misma claustrofobia que sufre Winston Smith. Y eso es lo que debemos aprender a manejar. Así que si estás liado con una historia y notas que tu escenario parece un croma barato, o que la gente se salta tus descripciones porque no aportan nada, quédate un rato. Vamos a ver cómo levantó Orwell todo ese tinglado y qué cosas nos podemos quedar para nuestro propio trabajo, escribamos lo que escribamos.
La enciclopedia y el mapa que a nadie le importa
Hay un fallo que me encuentro semana sí y semana también cuando leo borradores: las ganas enfermizas del autor por contarlo absolutamente todo. El escritor se tira seis meses diseñando la historia, la religión, las leyes y la economía de su universo. Está tan orgulloso de su criatura que, en cuanto el personaje sale a la calle en el primer capítulo, frena la historia en seco para meterte un rollo de tres páginas sobre una guerra que ocurrió hace cuatrocientos años.
A esto lo llamamos soltar un vertedero de información. Es el equivalente a que un desconocido te pare por la calle para enseñarte las trescientas fotos de las vacaciones de su primo… Un coñazo tremendo e innecesario.
El primer gran acierto de Orwell fue entender que la riqueza de un escenario no está en la cantidad de datos que tú tienes guardados en tu libreta, sino en la tijera que usas para no soltárselos de golpe al lector. En 1984, la información sobre lo que pasa fuera de la ciudad es borrosa aposta. ¿Existe de verdad Eurasia? ¿Estasia es un aliado o les están tirando bombas? ¿Hay una guerra real ahí fuera o es el propio gobierno el que tira petardos para tener a la gente asustada? Winston no lo sabe a ciencia cierta. Y como él no lo sabe, tú tampoco.
Orwell usó la ignorancia del personaje como una herramienta brutal. Al limitar el mundo a lo que el tipo puede ver desde su ventana, oler en su escalera o sufrir en sus carnes, el escenario deja de parecer un folleto turístico y se convierte en una trampa sin salida. Porque tu mundo no necesita un libro de texto pegado en las primeras páginas. Necesita que lo que está pasando afecte al personaje en ese preciso instante. Si un dato histórico o una ley de tu universo no cambia las decisiones ni los miedos inmediatos de tu protagonista, táchalo sin pena.
La textura de las cosas que huelen mal y molestan
Haz un ejercicio rápido. Piensa en qué cosas te vienen a la cabeza cuando recuerdas 1984. Lo más normal es que no te acuerdes del nombre de todos los departamentos ni del organigrama exacto del régimen. Te acuerdas del olor a col hervida y a felpudo viejo al entrar al edificio. Del sabor a rayo de la ginebra barata. Del picor de la úlcera que Winston tiene en el tobillo y que no le deja en paz. De lo rasposo que es el papel amarillento de ese cuaderno que compra a escondidas.
Eso es textura. Y es la diferencia entre un sitio que se lee de pasada y un sitio en el que te metes hasta el cuello.
Mucha gente escribe describiendo solo con los ojos. Te dicen de qué color es el tejado, cómo va vestido el guardia y si la torre es alta o baja. Pero la vista es un sentido muy frío, casi de espectador. Orwell levantó Oceanía a base de asco, frío e incomodidad física. El poder del régimen no es una teoría filosófica rara; se siente en el estómago vacío, en las cuchillas de afeitar melladas que ya no cortan nada, en el jabón que no hace espuma y en el aire helado de un piso sin calefacción. La dictadura te aplasta a través de la miseria del día a día.
Cuando te pones a ambientar una escena, pregúntate a qué huele ese sitio cuando no se limpia, qué textura tiene la mesa donde apoyas los brazos o qué ruido molesto de fondo se ha convertido en la música del lugar. No me cuentes solo lo bonitas que son las naves o los castillos. Cuéntame el polvillo que se te mete en la boca cuando caminas por la calle o el calor pegajoso que suelta un motor viejo. La credibilidad de una historia no se consigue con ideas grandilocuentes, sino con esas pequeñas miserias cotidianas que cualquiera reconoce al instante.
Enseñar solo la punta del iceberg y confiar en la gente
Existe esa famosa idea de Hemingway de que solo hay que enseñar una parte pequeña de lo que sabes, pero en la construcción de escenarios es donde de verdad te da la vida. Para que un mundo parezca de verdad, tú como autor tienes que saberte el noventa por ciento de lo que hay debajo (las leyes, la historia, la burocracia), pero solo debes enseñar la puntita que asoma sobre el agua. La gracia está en que esa punta sea tan sólida que cualquiera que lea dé por hecho que abajo hay un bloque entero sosteniéndola.
En 1984 te van enseñando ese mundo a través de la rutina más tonta. Nadie se para a explicarte qué es una telepantalla la primera vez que sale una. Lo que ves es a Winston buscando un rincón ciego en su cuarto para que el trasto no le enfoque. Sabes cómo funciona la pantalla, lo que hace y el miedo que da solo viendo cómo se mueve él. Cuando un personaje actúa con total naturalidad ante las cosas raras de su entorno, el lector se traga que eso es lo normal en ese sitio. Si cada vez que sale un aparato o una costumbre extraña los personajes se ponen a explicárselo los unos a los otros, el encanto se rompe en dos segundos.
Aprende de cómo está metida la Neolengua. Orwell no frena la novela para meterte una lección de gramática inventada. Te enseña a un tipo en el comedor masticando una comida de mierda mientras te cuenta con orgullo cómo están quitando palabras del diccionario. Ves la herramienta funcionando antes de saber cómo se fabricó. Confía un poco en quien te lee. Deja que ates cabos por su cuenta. Insinúa que el mundo es enorme usando comentarios al pasar o miedos que no se dicen del todo. Lo que el lector saca por sus propias deducciones le va a parecer siempre mucho más interesante que lo que le des masticadito.
El escenario como un perro rabioso que condiciona la cabeza
Otro error típico es tratar el escenario como si fuera el cartón piedra de una obra de teatro del colegio. El sitio está ahí para que la gente hable, pero no le afecta para nada a lo que siente o piensa. En la novela de Orwell, el escenario no es un fondo bonito: es el enemigo a batir. Oceanía no es solo donde vive el protagonista; es lo que le ha destrozado la cabeza, lo que le ha quitado las ganas de querer a nadie y lo que le hace dudar de sus propios recuerdos.
Hay una conexión brutal entre cómo es la ciudad por fuera y cómo están las cabezas por dentro. Los cuatro ministerios son moles de hormigón blanco que aplastan todo a su alrededor, mientras abajo la gente malvive en casas de madera podrida y solares llenos de escombros de las bombas. La arquitectura te está diciendo todo el rato quién manda y quién es una hormiga.
El sitio donde transcurre tu historia tiene que dejar marcas en tu gente. El clima, las reglas del lugar o la suciedad tienen que haber cambiado la forma de ser. Alguien que se ha criado en un sitio donde no hay agua no solo viste diferente; piensa, quiere, sospecha y prioriza las cosas de una forma opuesta a alguien que lo ha tenido todo fácil. Si mueves a tu personaje de sitio y sigue pensando y actuando exactamente igual, es que tu mundo es de mentira. El entorno tiene que ser como una prensa que les aprieta las tuercas todo el tiempo.
Un espacio pequeño que se siente inmenso
Termino con una idea clave sobre el tamaño de las historias. A veces pensamos que para que un escenario parezca grande hay que pasear al personaje por cuatro países, meter batallas con miles de tipos o montar conspiraciones que líen a medio planeta. Y resulta que 1984 es una historia enana en cuanto a espacio. De hecho, casi todo pasa en cuatro calles desvencijadas, en el piso gris del protagonista y en la trastienda de una tienda de viejo. Es una historia agobiante sobre la cabeza rota de un tipo cualquiera y su lío a escondidas. Y justo por ser tan pequeña y tan íntima, la ciudad da un pavor que no te quitas de encima en todo el libro.
Cuando intentas enseñarlo todo, la fuerza se te va por el fregadero. Si tu protagonista está saltando de sitio en sitio, al final las ciudades se mezclan en la cabeza como si las vieras desde la ventanilla de un autobús. Ninguna te parece real porque nadie se ha quedado allí el tiempo suficiente para sufrir el lugar. Entonces en vez de esbozar cinco ciudades por encima, coge un solo barrio y métete hasta el fondo. Deja que se huela el barro, que se vean las persianas bajadas, que se oiga a la gente gritar a través de las paredes y que se sienta la lluvia colándose por el cuello.
Si consigues que un rincón pequeño tenga peso y duela de verdad, el lector da por sentado que el resto del mapa es igual de real. La inmensidad de tu mundo no se mide por lo grande que sea el dibujo que has hecho en la libreta, sino por lo profundo que cala en la vida de la gente que camina por él.
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